Elena siempre había sido una persona de rutinas, pero aquella noche de tormenta, el insomnio la llevó a deslizarse por el pozo sin fondo de las redes sociales. Entre publicaciones repetitivas y videos de humor absurdo, apareció ella. Una mujer joven, de mirada serena y vistiendo un pijama verde con lunares blancos, grabada en lo que parecía ser la entrada de una habitación con suelos de madera.
Su postura, agachada frente a la cámara con una tranquilidad casi hipnótica, contrastaba con el mensaje directo que pronunció con voz suave:
"¿Te gustaría hablar conmigo por videollamada y ver mi álbum oculto? Entonces ve al primer comentario… En las letras azules encontrarás mi WhatsApp. Te espero".
A simple vista, parecía el típico video anzuelo que inundaba internet, una estrategia de marketing digital o un bot programado para atraer clics. Sin embargo, algo en la sonrisa final de la mujer de chica.mp4 se sentía extrañamente real, casi un desafío directo. Movido por la curiosidad y el aburrimiento, Elena bajó a la sección de comentarios. Allí estaba: un único enlace resaltado en un azul brillante, libre de cualquier texto adicional.
Al pulsar las letras azules, la pantalla de su teléfono se quedó en negro durante tres segundos interminables. No se abrió una aplicación de mensajería tradicional, ni apareció un número de teléfono con prefijo internacional. En su lugar, la interfaz cambió a una videollamada entrante. El remitente no tenía nombre, solo un icono verde.
Elena titubeó. Su dedo flotó sobre la pantalla antes de presionar el botón verde de aceptar.
La pantalla se dividió. En la mitad inferior, el rostro desconcertado de Elena, iluminado por la fría luz del móvil. En la mitad superior, la misma habitación del video. La mujer del pijama verde ya no estaba agachada; ahora estaba sentada en una silla de madera, mirando fijamente a la cámara, pero esta vez no sonreía.
—Has tardado en llegar —dijo la mujer, su voz saliendo por el altavoz con una nitidez escalofriante.
—¿Quién eres? ¿Es esto una grabación? —preguntó Elena, buscando desesperadamente imperfecciones en el movimiento que delataran un bucle de video.
—Prometí mostrarte mi álbum oculto, ¿no es así? —respondió ella, ignorando las preguntas.
La mujer levantó un viejo cuaderno de cuero que sostenía en su regazo y lo abrió frente a la cámara. Elena contuvo el aliento. Las páginas no contenían fotografías de la mujer, sino capturas de pantalla impresas. Eran imágenes de personas en sus propias habitaciones, mirando fijamente sus teléfonos móviles en mitad de la noche.
Con un escalofrío recorriéndole la espina dorsal, Elena reconoció el fondo de la última página que la mujer mostró antes de cerrar el cuaderno: era la cabecera de su propia cama. La videollamada se cortó abruptamente, dejando la habitación en un silencio absoluto, solo interrumpido por el eco de una última frase que pareció flotar en el aire: "Gracias por unirte al álbum".